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Seguimos siendo niños, solo que ahora nuestros juguetes... tienen motor.

  • Foto del escritor: Dany
    Dany
  • 21 dic 2025
  • 2 Min. de lectura
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Crecimos, pero no tanto: solo cambiamos de juguetes

Hay una verdad que pocos decimos abiertamente, pero que todos los hombres adultos conocemos muy bien: nunca dejamos de ser niños.


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Crecimos, maduramos, asumimos responsabilidades… pero esa chispa infantil —la curiosidad, la emoción y las ganas de jugar— sigue intacta. La única diferencia es que ahora nuestros juguetes son más grandes, más complejos y bastante más caros.


Cuando éramos niños, bastaba un carrito, una consola de videojuego o una bicicleta para perdernos durante horas. Hoy, esa misma sensación aparece al manejar un auto nuevo, estrenar un gadget tecnológico, ajustar algo que no necesitaba arreglo o simplemente probar “algo mejor”. La emoción es la misma. El envoltorio cambió.


La infancia no desaparece, evoluciona

Cuando éramos niños no sólo jugábamos - también imaginábamos escenarios o situaciones, explorábamos con nuestros carritos en el sofá de la sala, nos creábamos todos los detalles y disfrutábamos sin culpa. Uno pensaría que eso se va con la edad, pero en verdad... seguimos siendo curiosos.


Seguimos investigando y soñando, solo que ahora:

  • ya no pedimos juguetes, ahora los compramos nosotros mismos (o los financiamos).

  • ya no jugamos en el piso, ahora jugamos los fines de semana o cuando no estamos chambeando.

  • ya no coleccionamos por diversión, sino por pasión.


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La lógica de "adulto" intenta justificarlo, pero en el fondo la razón es simple: nos gusta.

A diferencia de la infancia, hoy cada "juguete" viene acompañado de una explicación racional:

  • “Es más seguro”

  • “Es más eficiente”

  • “Es una inversión”

  • “Me lo merezco”


Pero todos sabemos que hay decisiones que no se toman con la cabeza, sino con el corazón. No todo tiene que ser útil. Algunas cosas solo tienen que hacernos felices.


El auto: el juguete definitivo


Para muchos de nosotros, un automóvil es la máxima expresión de este fenómeno. No es solo un medio de transporte. Es arte, diseño, ingeniería, sonido, tacto, emoción... es control y libertad al mismo tiempo.


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El placer de conducir no se puede explicar del todo, porque no es racional.

Es instintivo.

Es volver a sentir lo mismo que cuando empujábamos un carrito por el suelo imaginando que era real.

Solo que ahora, lo es.


Madurar no es dejar de jugar

La verdadera madurez no consiste en apagar la ilusión, sino en aprender a convivir con ella y entender que disfrutar no es inmadurez.

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Inmaduro sería olvidarse de lo que nos hace sentir vivos.


Seguimos siendo niños y lo seguiremos siendo en el futuro.

Solo que ahora sabemos exactamente por qué nos gustan nuestros juguetes… y aun así los queremos igual.


¡Hasta la próxima!

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